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Cap Vermell

Hasta siempre, Emilio

Tu tranquilidad y tu manera de afrontar las penurias tendrían que ser un ejemplo a explicar en los libros de texto

Querido Emilio:

Te fuiste sin darme tiempo a despedirme de ti, pero estoy seguro que tú no escogiste el momento. Te aferraste a vivir como pocas personas serían capaces de hacerlo. Con absoluta dignidad sobrepusiste a cualquier desánimo todos los inconvenientes que tu maltrecho cuerpo te impuso. Si alguna vez perdiste momentáneamente la esperanza, pocas personas debieron darse cuenta, quizás tu familia o, quien sabe, quizás tus adorados perros. Dejaste las penas en casa, probablemente con María, tu querido apoyo, porque nunca escuché en tus palabras ningún síntoma del dolor que te corroía. Así lo pienso porque creo imposible que no tuvieras dolor.

Al verte subiendo la Costa d’en Capet, lentamente con las manos a la espalda, aceleraba el paso para saludarte:  

– Hola Emilio, ¿cómo estás?

– Uep! Bien, ¿y tú? –respondías, remarcando la letra e de bien.

Bien, siempre estabas bien. Incluso cuando te encontrabas peor, decías:

– Bien, ¡qué vamos a decir!

A veces me comentabas algo de las curas que te habían hecho o las que te iban a hacer en el centro de salud. También estábamos tiempo sin vernos, seguramente porque te habían ingresado en Manacor para, en la medida de lo posible, tratar de darte un poco de confort. Pero siempre quedaba la maldita incertidumbre: ¿volverá esta vez? Entonces, una mañana, aparecías asomado a la ventana de tu cuarto oteando el horizonte, y volvía la esperanza.

Con la esperanza regresaba esa rutina ocasional: nos encontramos, no nos encontramos. Cambiaba de sitio el coche y, salvo que lo hubiera movido tu nieto, significaba que volvías a las andadas. Otras veces regresabas caminando de Ca’n Patilla o de comprar pienso para los perros. Siempre querías cargar tus tareas, no dejabas que te ayudara con las bolsas de la compra. Incluso cuando quisiste reparar el parachoques del coche, te pusiste tú solo sin necesitar nada. Una vez bajabas caminando por la calle Ciutat, cargado, porque alguien había aparcado mal y no podías sacar tu coche:

– Déjalo, ya iré a buscarlo en otro momento –respondiste a mi propuesta de ayudarte a desaparcar.

No mostrabas prisa, aunque la tuvieras. Y me gustaría saber que te fuiste tranquilo en lo más profundo de ti mismo, porque tu tranquilidad y tu manera de afrontar las penurias tendrían que ser un ejemplo a explicar en los libros de texto. Me gustaría tener un resorte, un fusible, que me dejara inmóvil a cada impulso de respuesta de mal humor, o que me recordara tu manera de sufrir en silencio cada vez que tuviera algo de dolor. A ese fusible lo llamaría Emilio, en tu honor. Porque es un honor haberte conocido y un honor que compartieras conmigo esos encuentros esporádicos, pausados y tranquilos. Un honor y un ejemplo.

Gracias, Emilio. 


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